Esta semana, el presidente Donald Trump anunció un entendimiento para redirigir hacia puertos estadounidenses hasta 2,000 millones de dólares en petróleo venezolano, con la idea explícita de desviar barriles que normalmente terminarían en China.
El dato duro que dimensiona el tamaño del movimiento es el volumen: distintos reportes vinculados al propio anuncio hablan de un primer tramo de decenas de millones de barriles (en el rango de 30 a 50 millones) bajo un esquema donde Washington buscaría controlar la comercialización. En otras palabras, no es “volver a comprarle a Venezuela” como en los viejos tiempos: es usar el flujo físico del crudo como palanca de presión y, al mismo tiempo, como herramienta para abaratar costos de refinación en casa.
La clave técnica: EE. UU. necesita crudo pesado.
Hay una aparente contradicción que explica casi todo: Estados Unidos es gran productor de petróleo, pero una parte importante de sus refinerías, especialmente en la Costa del Golfo, está diseñada para procesar crudos pesados y con azufre, justo el tipo de barril que Venezuela produce en abundancia.
Antes de las sanciones fuertes, las refinerías estadounidenses ya habían demostrado apetito por ese crudo: fuentes citadas en reportes recientes recuerdan que llegaron a importar cerca de 500,000 barriles diarios de Venezuela en etapas previas. El atractivo es económico: para un refinador con coquizadoras y equipos para “crudo difícil”, conseguir pesado con descuento puede traducirse en márgenes mejores y, con ello, presión a la baja (o al menos contención) en algunos combustibles.
De hecho, Reuters señala que, si el flujo se normaliza, los refinadores del Golfo podrían absorber hasta ~1 millón de barriles diarios de crudo venezolano, lo que reordenaría el tablero porque desplazaría otros pesados que hoy llenan ese hueco, en particular Canadá.
¿Qué tan grande es hoy Venezuela en la canasta de importación de EE. UU.?
En el presente, Venezuela no es ni de lejos el proveedor dominante que fue en los 90, pero su peso ha vuelto a crecer en momentos puntuales. Datos oficiales de la EIA muestran que en 2024 las importaciones de crudo venezolano a EE. UU. se movieron, mes a mes, en un rango aproximado de 152 a 308 mil barriles diarios. En 2025, esas cifras aparecen más irregulares, con meses fuertes y otros donde se desploman, lo que encaja con un entorno de licencias, restricciones y señales políticas cambiantes. Sin embargo, Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo.
La “bisagra” de todo esto ha sido Chevron: su operación en Venezuela se ha sostenido mediante autorizaciones de EE. UU. y bajo condiciones que, en la práctica, limitan que el gobierno venezolano reciba caja fresca. Esa estructura explica por qué Washington puede aumentar o cerrar el grifo con relativa rapidez: no depende solo de PDVSA, sino de permisos y cumplimiento financiero.
El efecto China: tocar el petróleo venezolano es tocar una ruta estratégica
Aquí entra el nervio geopolítico. Venezuela ha colocado buena parte de sus exportaciones en Asia y, en especial, en China; por eso la idea de “redirigir barriles” es más que comercio: es competencia de influencia. Algunos reportes señalan que China concentra una porción muy alta del crudo venezolano que sale al mundo, y por eso un giro hacia EE. UU. tensaría de inmediato esa relación.
En términos prácticos, si EE. UU. logra atraer más crudo pesado venezolano, no solo mejora la dieta de sus refinerías: también reduce el margen de maniobra de Pekín sobre una fuente que, aunque problemática, es valiosa para refinerías que toleran crudos sancionados o con descuentos. Y si esto se combina con presión marítima y sanciones, el mensaje es claro: el petróleo no es solo energía, es control de rutas, de pagos y de compradores.
Qué podemos esperar de Trump: tres frentes conectados
Groenlandia: Ártico, seguridad y el “lenguaje de fuerza” como herramienta
En Groenlandia, la administración Trump ha vuelto a poner el tema sobre la mesa con un tono que sacudió a aliados: la Casa Blanca ha reconocido que se contemplan “opciones” para adquirirla, incluyendo la posibilidad de fuerza militar, aunque otras voces dentro del propio gobierno han intentado matizar hacia vías diplomáticas.
Lo relevante para los próximos meses es el patrón. Aunque el desenlace extremo sea improbable, la presión pública sirve para empujar negociaciones, redefinir presencia en el Ártico y colocar el tema de seguridad (Rusia/China, rutas marítimas, bases) en el centro de la relación con Dinamarca y con la OTAN. En un mundo donde el deshielo abre rutas y el Ártico gana valor estratégico, Groenlandia funciona como un símbolo de “prioridad nacional” que Trump puede usar para proyectar poder.
Cuba: más sanciones, más control migratorio y el ángulo energético
Con Cuba, el rumbo duro está documentado. En 2025 Trump firmó un memorando para endurecer la política hacia La Habana, reforzando el embargo y restricciones relacionadas con viajes y transacciones, y su equipo ha reactivado listas y limitaciones a tratos con entidades vinculadas a las fuerzas armadas cubanas. Además, su administración ha expandido medidas migratorias como la política de “bonos” para visas, incluyendo a Cuba en la lista de países afectados.
¿Dónde entra la energía? Cuba vive fragilidad de suministro y ha dependido de envíos de Venezuela y, en ciertos tramos, de México. Reuters, por ejemplo, reportó caídas fuertes en importaciones cubanas desde México y también un descenso desde Venezuela en 2025, con impacto directo en apagones. En ese contexto, si Washington aprieta el cerco sobre el petróleo venezolano o sobre la logística regional, el “efecto Cuba” aparece como derivada: no necesariamente porque sea el objetivo principal, sino porque el combustible es una vena sensible para la isla.
México: aranceles como palanca y presión indirecta por el triángulo Venezuela–Cuba
Con México, lo más consistente en el libreto de Trump ha sido usar la amenaza arancelaria como palanca política. Ya se han llevado a cabo amenazas y decisiones en torno a aranceles del 25% vinculados a exigencias sobre migración y fentanilo, con pausas, fechas límite y reactivaciones según el pulso político.
En los próximos meses, el tema petrolero puede cruzarse por una vía lateral: México se ha vuelto un proveedor más visible de crudo a Cuba en medio del reacomodo regional, algo que la propia presidenta Claudia Sheinbaum reconoció al señalar que no han aumentado envíos “más allá de niveles históricos”, pero que hoy México es un abastecedor relevante tras la situación venezolana. Si Washington decide que su estrategia hacia Cuba incluye castigar rutas energéticas alternativas, México podría quedar atrapado en una presión doble: la comercial (aranceles) y la geopolítica (energía y sanciones).
La lectura final: el barril venezolano como pieza de tablero
El punto central es que el petróleo venezolano le importa a EE. UU. no por volumen total, pues hoy no define el balance estadounidense, sino por calidad de crudo, compatibilidad industrial y valor estratégico. Para las refinerías del Golfo, es un insumo que puede mejorar costos. Para la Casa Blanca, es una herramienta para empujar a Caracas, incomodar a Pekín y enviar señales a terceros sobre quién controla rutas, licencias y mercados.