El acuerdo que mueve el 30% de la economía mundial entró en su fase más decisiva. Estas son las claves reales de lo que está en juego.
El arranque que nadie esperaba tan pronto
La primera ronda de negociaciones presenciales para revisar el T-MEC ocurrió el 18 de marzo en Washington, semanas antes de que el calendario oficial lo marcara. Marcelo Ebrard se sentó con Jamieson Greer, el representante comercial de Estados Unidos, y con Howard Lutnick, secretario de Comercio de Trump. No fue una reunión de cortesía: los equipos técnicos de ambos países trabajaron durante dos días seguidos para fijar los términos de referencia del proceso. Que el diálogo haya arrancado antes de lo previsto es, en sí mismo, una señal política: Washington no quiere que el T-MEC se caiga.
La fecha límite que nadie puede ignorar es el 1 de julio de 2026, cuando los tres países deben notificar por escrito si extienden el tratado otros 16 años, hasta 2042. Si no hay acuerdo, el escenario que más preocupa a los empresarios mexicanos es el de revisiones anuales, que generaría una incertidumbre permanente sobre las reglas del juego para la inversión extranjera directa.
México llega fuerte, pero no inmune
El argumento más poderoso que tiene México sobre la mesa no es político, es económico. Durante 2025, el intercambio comercial bilateral entre México y Estados Unidos superó los 872 mil millones de dólares, según datos del Departamento de Comercio estadounidense, lo que consolidó a México como el principal socio comercial de Washington, por encima de China y Canadá. Eso no es un detalle menor cuando estás negociando.
Ebrard llegó respaldado por una consulta nacional sin precedente: participaron los 32 estados, más de 30 sectores económicos, trabajadores y productores agrícolas. El resultado fue claro: 78.5% de los participantes apoya mantener y actualizar el tratado, no tirarlo a la basura. Además, cerca de 100 representantes del sector privado y organismos como el INEGI y Banxico acompañarán técnicamente el proceso.
El punto de fricción: las reglas de origen
Aquí es donde el ambiente se pone espeso. Greer fue muy directo antes de sentarse a negociar: el eje central para Estados Unidos será endurecer las reglas de origen para garantizar que los productos comercializados tengan contenido genuinamente norteamericano. La frase que dejó en el aire lo dice todo: no quieren que México sea una puerta trasera para manufacturas chinas o vietnamitas que llegan con etiqueta regional.
Esto abre un escenario complicado para empresas que operan con cadenas de suministro mixtas, especialmente en los sectores automotriz, electrónico y de semiconductores. Los expertos advierten que es muy probable que los aranceles a bienes que sí cumplen las reglas del T-MEC se mantengan exentos, pero que continúe la presión puntual en acero, aluminio y contenido automotriz no estadounidense.
¿Y Canadá dónde está?
Ausente, por ahora. Las conversaciones con el tercer miembro del bloque están programadas para mayo, cuando Ebrard visite Ottawa. El hecho de que México haya avanzado bilateralmente con EU antes de incorporar a Canadá no es una señal de exclusión, sino de estrategia escalonada: primero alinear los dos socios más interdependientes, luego ampliar la mesa.
El riesgo real es que la politización del proceso retrase la ratificación final hasta finales de 2026 o incluso 2027, ya con las elecciones de medio término de EU en el horizonte, lo que complicaría cualquier acuerdo que requiera aprobación legislativa.
¿Por qué esto te importa más de lo que crees?
El T-MEC no es un tecnicismo de política exterior: es el andamiaje sobre el que descansa la apuesta del nearshoring que se lleva promocionando en México desde hace tres años. Cada empresa extranjera que evalúa instalar una planta en Nuevo León, Sonora o Querétaro, está mirando este proceso antes de firmar cualquier cheque. Un tratado renovado con reglas claras es inversión que llega; un proceso estancado o con revisiones anuales es inversión que espera o se va a otro lugar.
Los números son duros: el T-MEC agrupa el 30% de la economía mundial. Para México, que exporta más del 80% de todo lo que vende al exterior hacia Estados Unidos, lo que se decida en los próximos meses no es una negociación más. Es, literalmente, el piso sobre el que descansa el crecimiento económico del país.