El lunes 20 de abril fue uno de los días más extraños de los mercados financieros en lo que va del año, y no fue por culpa de Irán. Trump escaló públicamente sus ataques contra Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, llamándolo “fracaso total” y exigiendo recortes de tasas de interés inmediatos. La reacción fue simultánea y contundente en múltiples mercados: el S&P 500 cayó 2.3%, el Nasdaq 2.5%, el dólar se debilitó frente al euro hasta niveles de 1.1520, los bonos del Tesoro de largo plazo cayeron —lo que hizo subir sus rendimientos— y el oro disparó a un máximo histórico de $3,479 dólares la onza. La plata, aún más agresiva, subió 8.5% en una sola jornada.
¿Por qué este movimiento es diferente a los anteriores?
Lo que hace a este episodio cualitativamente distinto de las críticas anteriores de Trump a Powell es que ocurrió justo cuando el mandato de Powell como presidente de la Fed vence en mayo. Trump ya está evaluando sucesor, y los favoritos que circulan en Washington son perfiles considerados “dovish”, es decir, más inclinados a bajar tasas de lo que las condiciones económicas justificarían. Si el próximo chair de la Fed se percibe como subordinado a los deseos políticos del presidente, la credibilidad antiinflacionaria de la institución se deteriora. Y esa credibilidad es lo que hace que los bonos del Tesoro sean considerados el activo más seguro del mundo. Cuando los inversores empiezan a dudar de ella, venden bonos, venden dólares, y compran oro.
La señal que más preocupa: acciones, bonos y dólar cayeron al mismo tiempo
En condiciones normales, cuando las acciones caen, los inversores compran bonos del Tesoro como refugio y el dólar se fortalece. El lunes pasó exactamente lo contrario: los tres cayeron al mismo tiempo. Ese patrón, que los analistas llaman “vender Estados Unidos”, es raro y muy significativo. Ocurre cuando los inversores pierden confianza no solo en las empresas o en el ciclo económico, sino en las instituciones que anclan el sistema financiero de EU. Goldman Sachs lo describió como “un tema clave a lo largo de 2026”. Para México, esa dinámica tiene implicaciones directas: un dólar más débil puede dar algo de alivio al tipo de cambio en el corto plazo, pero una Fed con menor credibilidad e inflación persistente en EU hace más difícil para Banxico justificar recortes propios, manteniendo las tasas mexicanas elevadas por más tiempo del que el gobierno quisiera.
La cuenta que nadie está haciendo del costo total de la crisis
Entre la guerra de Irán, la presión sobre la Fed, la caída del Brent que nunca llega, y el estancamiento del IGAE en México, hay una cuenta que pocos están sumando en su totalidad. El Brent sigue 55% por encima de su nivel pre-guerra. El subsidio al diésel en México ya cuesta 15,800 millones de pesos en lo que va del año. La confianza del consumidor mexicano cayó a mínimos. La inversión pública cayó 44.9% en el primer bimestre. El oro en máximos históricos es la señal de que el mundo tampoco está tranquilo afuera. Y todo esto ocurre mientras México necesita crecer al menos 3% anual para generar el empleo que demanda su estructura demográfica, pero en 2026 crecerá apenas 1%. El costo de la incertidumbre global no se ve en un solo titular. Se acumula en silencio en el bolsillo de la gente de a pie.