El próximo año llega con un cóctel que suele favorecer a los metales estratégicos: reconfiguración de cadenas de suministro, electrificación acelerada y una economía global que, aunque crece con cautela, sigue apostando por infraestructura eléctrica, centros de datos y almacenamiento de energía. La Agencia Internacional de Energía (IEA) viene advirtiendo que la demanda de minerales críticos seguirá aumentando con fuerza, y que el cobre, por su escala y su uso transversal en redes eléctricas, es una pieza clave en la “Age of Electricity”.
A esto se suma el telón de fondo geopolítico: la tensión EE. UU.– China ha elevado la sensibilidad del mercado a cualquier noticia sobre controles, aranceles o interrupciones de suministro en insumos estratégicos.
Cobre: un mercado que se aprieta por demanda nueva y oferta frágil
En cobre, la narrativa para 2026 es relativamente clara: la demanda no solo viene de autos eléctricos o renovables, sino también de la expansión de redes y de la nueva ola de consumo eléctrico asociada a centros de datos e IA. Reuters resume el punto con una cifra que pesa: analistas ven un déficit de cobre refinado que podría rondar 150,000 toneladas en 2026 (y un faltante de 124,000 t en 2025), en un contexto de inventarios tensionados y disrupciones mineras. En pocas palabras, hay menos cobre disponible del que se necesita.
En precios, el “consenso” no es de euforia ilimitada, pero sí de un piso más alto. Goldman Sachs habla de un rango de 10,000–11,000 dólares por tonelada en 2026 (tras máximos recientes), en parte por el reacomodo de flujos hacia EE. UU. ante incertidumbre arancelaria.JP Morgan llega a proyectar promedios cercanos a 11,000 dólares por tonelada en 2026 y otros escenarios incluso más altos en tramos del año. UBS, por su parte, elevó sus estimaciones y llegó a trazar un camino que escala hacia finales de 2026, apoyado en déficits más grandes (hasta 407,000 t para 2026 en su escenario) y una demanda que sigue creciendo por electrificación.
Litio: del “exceso de oferta” al posible punto de inflexión
El litio viene de un periodo incómodo: precios presionados por sobreoferta y expansión agresiva, especialmente en China. Aun así, varias señales apuntan a que 2026 puede ser un año bisagra más por rebalanceo de inventarios que por “boom lineal”.
En noviembre, Reuters reportó que el presidente de Ganfeng Lithium (uno de los gigantes del sector) habló de un crecimiento de demanda de 30% o incluso 40% para 2026, comentario que empujó los precios en China en el corto plazo. También desde el lado corporativo, SQM puso sobre la mesa estimaciones concretas: demanda global por encima de 1.5 millones de toneladas en 2025 y 1.7 millones en 2026, según su vicepresidencia de estrategia para litio en Chile.
El contrapunto, y aquí está la clave para leer oportunidades sin caer en triunfalismo, es que el mercado todavía discute cuánto tardará en absorber toda la capacidad construida. Reuters ya había adelantado que el consenso para 2025 era de estabilización tras un desplome enorme desde 2022, con recuperación condicionada a cierres, inventarios y a que no regresen demasiado rápido las minas “apagadas” cuando el precio rebote. S&P Global, en su lectura de principios de 2025, hablaba de presión durante 2025 y un rebote “hasta 2026” más que inmediato.
¿Qué oportunidades pueden aparecer en ambos activos?
En cobre, el contexto coyuntural abre oportunidades sobre todo donde hay “capacidad real” de aumentar la oferta o capturar rentas altas: mineras con proyectos cercanos a producción, empresas con costos competitivos y exposición a cobre refinado en un mercado donde los déficits se vuelven recurrentes. También suele mejorar la visibilidad de empresas ligadas a infraestructura eléctrica y a cadenas de suministro que reduzcan cuellos de botella. El riesgo es que el ciclo se “enfríe” si la economía global se desacelera más de lo esperado o si nuevas políticas comerciales distorsionan flujos (por ejemplo, acumulación de inventarios en un país y escasez en otro).
En litio, la oportunidad suele nacer justamente del cambio de fase: cuando un mercado pasa de sobreoferta a equilibrio, los precios dejan de caer “por inercia” y empiezan a premiar a quienes sobrevivieron la parte dura del ciclo. Ahí destacan productores con balances sanos, contratos de largo plazo y capacidad de ejecutar expansiones sin endeudarse de más; también proyectos con costos bajos y exposición al crecimiento de almacenamiento en red, que está ganando peso junto a los vehículos eléctricos. El riesgo, otra vez, es que el rebote sea intermitente si la oferta vuelve antes de tiempo, o si China decide disciplinar precios vía producción y política industrial.