Estados Unidos y México: Una relación con una tensión restablecida

Que Estados Unidos intervenga de manera más incisiva en México, dejó de ser un asunto secundario y se convirtió en el principal punto del debate bilateral.
Estados Unidos y México Una relación con una tensión restablecida

Después de que Claudia Sheinbaum asumiera la presidencia de México y de que Donald Trump endureciera sus declaraciones sobre la inmigración, el crimen organizado y la seguridad, las relaciones entre México y Estados Unidos se han vuelto a encontrar en un estado frágil. La opción de que Estados Unidos interviniera de manera más incisiva, ya sea directamente o a través de presiones políticas y operativas, dejó de ser un asunto secundario y se convirtió en el principal punto del debate bilateral.

Trump ha manifestado públicamente que México “no ha hecho lo adecuado” para impedir que el tráfico de drogas sintéticas, especialmente el fentanilo, llegue a los Estados Unidos. En numerosas de sus más recientes afirmaciones, enfatizó que el problema constituye un “peligro para la seguridad del país” y repitió que su administración “mantiene todas las posibilidades”. Esta frase se entiende frecuentemente en Washington como una advertencia encubierta de acciones más agresivas.

Las afirmaciones de Trump y el mensaje enviado a México

Trump ha relacionado directamente en sus discursos y entrevistas la violencia asociada al narcotráfico mexicano con la crisis de sobredosis que sufre Estados Unidos. De acuerdo con los datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, en 2024 ocurrieron más de 110 mil muertes por sobredosis en Estados Unidos. Alrededor de dos tercios de esos fallecimientos se vincularon con opioides sintéticos. Trump argumenta que esa cifra basta para justificar un cambio drástico en la relación bilateral en términos de seguridad.

El presidente estadounidense ha ido más allá de la colaboración tradicional. Ha expresado de manera pública que son necesarias “acciones más rigurosas” contra los cárteles y ha propuesto que el país debe permitir una mayor intervención de las agencias estadounidenses. Aunque no ha proclamado una intervención militar oficial, el tono de sus declaraciones ha generado preocupación en México y en otras naciones vecinas.

La comunicación telefónica con Sheinbaum y el tono de voz con el que empezó la charla

En este contexto, las administraciones de Claudia Sheinbaum y Trump monitorearon con meticulosidad la llamada telefónica. De acuerdo con versiones oficiales, el diálogo se enfocó en lo fundamental: fortalecer la colaboración en asuntos de seguridad, tráfico de drogas y migración. Sin embargo, también se aclaró que hay distintas posturas sobre cómo lograrlo.

Sheinbaum resaltó el principio de soberanía y argumentó que toda táctica debe edificarse sobre la colaboración, no mediante la imposición. Por otra parte, Trump enfatizó la importancia de lograr resultados que sean medibles y rápidos. A pesar de que el intercambio se describió como “respetuoso”, el contexto muestra una relación desequilibrada, en la que México debe resistir la presión política de Estados Unidos sin romper los vínculos.

El dilema mexicano: sí a la cooperación; no a la intervención.

La conexión con Estados Unidos es de gran importancia para el país. Las exportaciones de México hacia Estados Unidos representan el 80 % del total, y el comercio anual entre ambos países supera los 850 mil millones de dólares; por lo tanto, se consideran aliados estratégicos desde un punto de vista económico. Cualquier alza o interrupción de la tensión afectaría directamente las inversiones, el empleo y la estabilidad económica.

En cuanto a la seguridad, ya existe una colaboración amplia. Durante años, la relación ha incluido intercambios de inteligencia, programas de capacitación y operaciones conjuntas. La cuestión es que Trump no cree que este esquema sea suficiente. Para México, admitir una intervención más extensa de manera directa podría establecer un peligroso precedente y ocasionar elevados costos políticos internos.

El valor de una estrategia diplomática audaz

En este contexto, México necesita adoptar una posición más allá de la defensiva. Una táctica diplomática audaz supone no solo aceptar la gravedad del narcotráfico, sino también reconsiderar el relato. México tiene el derecho y la responsabilidad de presentar a Washington información incómoda, como el rol del consumo interno en Estados Unidos, el contrabando ilegal de armas que vienen del norte (más de 200 mil armas ilegales entran anualmente a México, según estimaciones oficiales) y la responsabilidad compartida que tienen sobre la violencia.

Además, potenciar la presencia de México en foros globales, diversificar los acuerdos y emplear el peso económico de la nación como herramienta de negociación son requisitos para una diplomacia activa. No se trata de enfrentar a los Estados Unidos directamente, sino de impedir que la relación se convierta en una subordinación.

¿Cuáles serían las implicaciones de una intervención estadounidense?

Tendría efectos significativos un impacto directo, aunque este sea limitado. En lo que respecta a la política, podría tensar la estabilidad interna y tener en contra a un gran número de sectores sociales frente a la intervención extranjera. En el terreno económico, la tasa de cambio sería presionada, el riesgo país aumentaría y la inversión extranjera se vería afectada. Desde una perspectiva social, existe la posibilidad de que aumente la violencia en áreas que ya han padecido los estragos del crimen organizado.

La experiencia histórica indica que la intervención de actores externos no suele solucionar problemas difíciles, como el narcotráfico. En cambio, tienden a dividir más a los grupos criminales y a aumentar la violencia, lo que conlleva efectos secundarios en la población civil.

Una balanza delicada que determinará el futuro de las relaciones entre dos partes.

La relación entre México y los Estados Unidos se halla en un período crucial. Trump, con un discurso firme y resultados veloces, presiona; el desafío de Sheinbaum consiste en reaccionar con resolución sin bloquear los caminos de cooperación. La política de seguridad no es la única que se ve perjudicada; toda la estructura de la relación bilateral también lo está.
México debe demostrar que puede ser un aliado fiable sin renunciar a su soberanía, y Estados Unidos tiene que aceptar que la estabilidad en la región no se logra mediante amenazas, sino con corresponsabilidad. El margen de error es bajo; cualquier tropiezo podría convertir una tensión política en una crisis de gran magnitud.